
El fino estilista John Banville (Wexford, 8 de diciembre de 1945), que también tiene una sombra policíaca, dijo una vez algo digno de ser reproducido:
“The deepest satisfaction we derive from crime fiction is a sense of completion. Life is a mess -we do not remember being born, and death is not an experience in life, so all we have is this chaotic middle bit, in whic nothing is ever properly over and done with”
Traducido para la ocasión:
“La satisfacción más profunda que tenemos al leer literatura policíaca es un sentido de compleción. La vida es un lío -no recordamos haber nacido, y la muerte no es una experiencia de la vida, de modo que todo lo que tenemos es este pedazo caótico en el medio, en el que nada está propiamente hecho del todo.”
De algún modo, parece como si el detective privado de muchas de las novelas policíacas tratara de ordenar ese caos. Como si los argumentos de las novelas de Jake Arnott, o de Don Winslow, con toda la peripecia que acarrean -peripecia que desde luego las hace interesantes, emocionantes, y las puebla de personajes inolvidables-, tuvieran finalmente algo de compleción, sí.
Mientras uno lee no existe el maniqueísmo. No es tan evidente cuáles son los buenos, cuáles son los malos. Ni tan siquiera el antropólogo forense David Hunter de La química de la muerte de Simon Beckett tiene que ser necesariamente alguien bueno de entrada. El lector va leyendo y confunde sus percepciones, como si lo siniestro se fuera manifestando.
Desde Poe a David Lynch, la condición de lo siniestro se ha erigido en una de las características más importantes para dotar de un interés ambivalente pero indiscutible la novela policíaca. Ese carácter siniestro de la realidad, sin duda, va unido a este desorden en el que vivimos. Leer novelas policíacas como factor de orden.
He ahí un argumento casi paranoico que haría las delicias de más de uno. Empezando por Borges, quizás. Escritor en sus ratos libres de argumentos policíacos.
Lo ven, life is a mess…










