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Las palabras con Ñ son raras. Ñoño. Encariñarse. Breñar. Entrepañada. Apaño. Ñandú. Por extrañas y nada desdeñosas razones fonéticas, parece como si la ñ no fuera policíaca. Quizás habría que buscar algún escritor hispano -vascos, costarricenses, dominicanos y cubanos parecen ser buenos amigos de esta letra- que fuera capaz de crear a un detective privado tal como Íñigo Miñambre, Iñaki Eñate o Ñandú Ñándara (casi africano), con el objetivo de popularizar la letra -sintagma ignoto- en el olimpo de los tipos duros. Hoy por hoy, y a falta de tal engendro, en un ejercicio de arqueología rojynegra digna del mejor invetigador, podríamos quedarnos con la capacidad escudriñadora de David Hunter, el forense de Simon Beckett, con el desengaño del ex detective de homicidios John Zandt, de los hombres de paja con los que lidia Michael Marshall o la peculiar relación que consigue establecer Web, el holgazán que protagoniza El arte místico de limpiar los rastros de la muerte, de Charlie Huston, tanyto con sus compañeros de piso como son sus compañeros de investigación. Qudémonos con esas pequeñas joyas: en absoluto -ojo al dato- ñiquiñaques de nuestra colección.

 
 
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