
“La última vez que John Weston vio a su hijo con vida fue una helada tarde de la primera semana de marzo en la que, mientras ambos charlaban a la entrada del garaje, su nieta hacía un muñeco de nieve.” Así empieza la primera novela de Michael Koryta (Bloomington, Indiana, 20 de septiembre de 1982), ganadora el 2003 del premio St. Martin’s/Private Eye Writers of America for Best First P. I. Novel; nominada al Edgar -sí, sí, por Poe- como mejor novela debutante y ganadora de los Great Lakes el año 2005, . Y Roja y Negra la ha publicado: Esta noche digo adiós. Veintiún años tenía el precoz novelista… y eventual investigador privado él mismo, a su tiempo.
Diálogos ejemplares de procacidad, ambientación gélida, escena tórrida, dos socios que apelan al lugar común -he ahí en el prólogo la explicación de por qué el lugar común, candente artefacto inflamable, es algo bueno cuando se hace un buen uso de él- y una ciudad con su protagonismo también, Cleveland, que enmarca a la perfección todo lo que ahí está pasando. Ciudad secundaria, en cierto modo, representativa de los Estados Unidos pero a menudo a la sombra por la espectacularidad y lo célebres que pueden llegar a ser otras ciudades americanas. Pura demostración de audacia, sí, a partir de los lugares comunes. La trama, con mafiosos, viudas atractivas, policías del FBI con ciertos claroscuros, y ese tándem Lincoln Perry / Joe Pritchard que apela a la mejor tradición de investigadores a dúo, son, a los veintiún años, unas credenciales demasiado temerarias como para no seguirle la pista a Koryta. Koryta, lector de Hammett; Koryta, lector de Chandler, sin duda, bien podrían ser dos títulos, también, para este post, puesto que Lincoln Perry es de la estirpe de Sam Spade y Philip Marlowe.
Y ya que queremos seguirle la pista confesemos las pruebas encontradas: hoy por hoy, Michael Koryta ha hecho ya un bachelor’s degree en derecho criminal y es profesor de periodismo en la Indiana University. Sus libros se han traducido a quince idiomas. Tiene cinco novelas más publicadas -tres que completan la tetralogía Lincoln Perry, a publicar aquí en este sello, y dos más tendentes a lo terrorífico, “standalone novels”, como las llaman por aquellos lares. Sigue aceptando de vez en cuando -como si de un jubilado se tratara, casi- algún caso como investigador privado. Es precoz. Y audaz. Y sus seis novelas sin haber cumplido los treinta demuestran que además algo de tenaz debe tener.
Pero más allá de estas huellas, no lo olvidemos: Koryta escribió Esta noche digo adiós a los veinte años, y está bien leerla, también, como el germen de un novelista. Una huella dactilar de lo más sinuosa, el aliento de un oficioso escritor. No en vano, como él mismo dice, “escrito entre las doce de la noche y las tres de la madrugada”, durante el primer año de secundaria del autor, Esta noche digo adiós es como una promesa, una canción triste en una noche solitaria.
Trago largo, mirada profunda. Una hazaña casi grotesca, seminal, que sin duda va a seguir sorprendiendo al lector.










