
Tormentas ahí fuera y tormentas adentro; tiroteos en plena calle, con atropellos incluídos, y silencios intradespachos; incendios y devastaciones emocionales. Un ejercicio de compensaciones narrativas que acaba conformando un equilibrio dulce y extático. Como el frío de Cleveland, como la superación de un trauma, como si un viejo amigo al que uno traicionó volviera desde su tumba para pedir explicaciones.
La segunda novela de Michael Koryta, El lamento de las sirenas, nuevamente protagonizada por Lincoln Perry -él y su pose (natural) de detective antiheroico- palpita de actualidad -constructoras, especulación inmobiliaria, corrupción…- pero se tiñe fácilmente de elementos clásicos -hombres obscuros, mujeres tristes, la pareja de detectives y un caso de abuso de poder, una excusa para impartir la justicia por encima de la ley.
Todo ello, como siempre, en Cleveland, el escenario perfecto para la novela policial de serie B -de serie B de buena- a la que nos tenía ya acostumbrados el joven autor.










