
Cuenta Gilbert Keith Chesterton en su magnífica Autobiografía -último capítulo,”El dios de la llave dorada”, página 368 de la edición en El Acantilado- cuál fue la génesis del padre Brown. Lo hace con las siguientes palabras, típicamente francas y socarronas, llámemoslas chestertonianas:
“Cuando un escritor inventa un personaje de ficción, sobre todo un personaje para una novela ligera o de fantasía, le dota con toda suerte de rasgos para que resulte efectivo en ese ambiente y en ese decorado. Es posible que haya tomado datos de algún ser humano, pero no vacilará en alterar a ese ser humano, sobre todo en lo externo, porque no trata de hacer una foto sino de pintar un cuadro. El rasgo característico del padre Brown era no tener rasgos característicos. Su gracia era parecer soso, y se podría decir que su cualidad más sobresaliente era la de no sobresalir. La intención era que su aspecto corriente contrastara con su insospechada atención e inteligencia, y para que así fuera, le hice parecer desastrado e informe, con una cara redonda e inexpresiva, torpes modales, etcétera. Al mismo tiempo, tomé algunas de sus cualidades intelectuales de mi amigo, el padre John O’Connor de Bradford, que, por cierto, no tiene ninguno de los rasgos externos de mi personaje. No es desastrado, sino pulido; no es torpe, sino delicado y diestro; no sólo parece, sino que es gracioso y divertido; es un irlandés sensible y perspicaz, con la profunda ironía y la tendencia a la irritabilidad propia de lsu raza. Describo deliberadamente a mi Padre Brown como una masa de pan de Suffolk, East Anglia. Eso, y el resto de su descripción, era un disfraz intencionado para que encajara en una historia detectivesca. Pero, a pesar de todo, en un aspecto muy real, el padre O’Connor fue la inspiración intelectual de estas historias y también de cosas mucho más importantes. Y para explicar esas cosas, sobre todo las importantes, no puedo hacer nada mejor que contar la historia de cómo se me ocurrió la idea de esta comedia dedetectives.”
Resulta que, como sigue contando en ese texto, juto antes y después de casarse, a Chesterton le mandaban a varios recovecos del Reino Unio a impartir conferencias: sobre todo en el norte de Inglaterra, el sur de Escocia, “e incluso en algunos centros de disidentes religiosos activos de los alrededores de Londres”, explica. A menudo llegar hasta el pueblo, la capilla, la sala de actos donde se organizaba el evento constituía en si mismo una auténtica aventura, dadas las características de la meteorología inglesa en según qué épocas del año. Aunque Chesterton, dicho sea de paso, no se queja: era un amante de las tormentas, de todo tipo, y bien seguro sus desmedidas proporciones físicas le protegían de toda inclemencia. Fue durante una de esas conferencias, pues, en Keighley, los páramos altos del West Riding, cuando podemos situar la génesis de ese personaje célebre.
Chesterton se quedó a pasar la noche en casa de un importante ciudadano de aquella pequeña ciudad industrial. Entre el grupo de amigos locales se hallaba también el cura de la iglesia católica, un hombre pequeño, lampiño y con expresión tímida de duende.” Chesterton se vio impresionado en seguida por la capacidad de relacionarse con la comuidad tan protestant y tan de Yorkshire que aquel pequeño cura católico tenía. A la mañana siguiente, el escritor y conferenciante de Londres y el cura de Yorkshire caminaron juntos hasta el otro lado de Keighley Gate, a visitar a unos amigos del primero. Excursión, unas cuantas horas de charla, visita conjunta a los amigos. Se quedó a comer, se quedó a tomar el té, se quedóa cenar e incluso puede que se quedara a dormir, explica Chesterton. La amistad entre el Padre John O’Connor (1870-1952), que posteriormente escribiría un libro en el que atestiguaba esa relación -Father Brown on Chesterton, 1937- y el escritor había nacido.
Fue un tiempo más tarde, una vez la amistad ya asentada y el tiempo compartido, cuando, un día, Chesterton le comentó al Padre O’Connor que quería apoyar en la prensa cierta propuesta relacionda con temas sórdidos de vicio y crimen. El padre le relató al escritor sus conocimientos en el terreno, los oscuros abismos en los que parecía haberse sumergido el cura, más allá de las vicisitudes literarias del escritor. En una ocasión, compartiendo nuevamente espacio de reunión social, dos estudiantes de Cambridge, asombrados por los conocimientos del Padre O’Connor, se permitieron el lujo de, delante de Chesterton, comentar que “lo de la música religiosa y todo eso está muy bien cuando se está encerrado en una especie de claustro y no se sabe nada sobre el mal real del mundo.” El Padre Brown, como espejo del Padre O’Connor, a raíz de un acto de justicia poética, pues, casi, por parte de Chesterton, había nacido.
A lo largo de cinco recopilaciones -El candor del Padre Brown (1911); La sabiduría del Padre Brown (1914); La incredulidad del Padre Brown (1926); El secreto del Padre Brown (1927); El escándalo del Padre Brown (1935)- las aventuras de ese anti-detective por excelencia, el Padre Brown (1874-1936), fueron llamadas al éxito popular por lo peculiar del planteamiento y por las estratagemas, intuitivas y racionales, del hombre de fe.
Quizás Chesterton siguiera pensando en su querido y admirado amigo John O’Connor cuando un día dijo que la literatura policial era “la única rama de
la literatura en la que se encuentra condensado un cierto sentimiento poético de la vida moderna.” Y quizás por eso, el Padre Brown, en respuesta a su ayudante Flambeau, dsifrazado de sacerdote, preguntándole cómo un cura había podido adquirir tal conocimiento de todo tipo de crímenes horrendos, respondió: “¿Nunca se le ha ocurrido pensar que un hombre que casi no hace otra cosa que oír los pecados de los demás no puede dejar de estar al corriente de la maldad humana?”…
Para uso y abuso:
http://www.cse.dmu.ac.uk/~mward/gkc/books/Complete_Father_Brown/index.html










