
“Todas las criaturas humanas están hechas de un material que constituye un profundo misterio para los otros”. Eso dejó escrito Dickens. Y así queda claro en cada una de estas historias.
Nuevamente en la encrucijada, los tres protagonistas de Los hombres de paja, la primera de las tres novelas -reeditada ahora con correcciones- que Michael Marshall dedica a la sórdida figura del asesino en serio, vuelven a encontrarse perdidos en Los muertos solitarios, la segunda entrega. El (desde no hace mucho tiempo) huérfano Ward Hopkins, ávido investigador de los misterios que envuelven a los llamados hombres de paja -y a su familia, de paso-, la agente del FBI Nina Baynam y el ex detective de homicidios John Zandt, supervivientes de la primera entrega, vuelven a comprender la magnitud de su soledad cuando deben hacer frente a una nueva conspiración psicòtica.
De modo que sí. Nuevamente los serial killers. Porque qué misterio humano puede hablar mejor del Bien y el Mal, de
los límites de lo racional, del lugar maldito en el que acaba la enfermedad, la patología, y empieza el síntoma social, el mal gratuíto, sintetizados en una persona que es todo conflicto? Del coleccionista de mariposas de la película homónima (1965) de William Wyler -novela de John Fowles, por cierto, en el 1963-, al celebérrimo Hannibal ‘Hopkins’ Lecter de The Silence of the Lambs (1992) hablándole en susurros de perturbadora y elegante inteligencia a Clairce Sterling, pasando por el padre de todos, Norman Bates, en el Psycho de Hitchcock (1960), los Natural Born Killers -versión trash metal de Bonnie and Clyde?- de Oliver Stone, el caso stephenkingiano de Misery de Rob Reiner (1990) y un sinfín de ejemplares, más que de ejemplos -pongámonos serios- en los que proyectar tal desmedido combate. Lo mismo para la literatura. El teniente Ripley de Highsmit, el Patrick ‘American Psycho’ Bateman de Bret Easton Ellis y tantos otros que les preceden o les siguen, he ahí Michael Marshall. Hasta qué punto, si nos ponemos serios nos ponemos serios del todo, no constituían ya los sádicos franceses del siglo XVIII, a la sombra de la Ilustración, una figura de perfil psicótico?
Visto lo visto, así pues, acérquense de nuevo a Michael Marshall -creador de atmósferas perturbadoras y de tramas crecientemente misteriosas- para entender. Para saber. O, por lo menos, para pasar un buen rato con una novela oficiosa. Recorramos la mente del psicópata. Bosquejemos el mal. Quizás encontremos algo más inesperado todavía.
Ya lo decía Dickens, “un profundo misterio para el otro”…











