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“partimos de una situación opaca, indicible, y progresivamente el punto de vista se alarga hasta abrazar a un medio, a una sociedad” Bernard Fauconnier

 

“Había pastores en la misma región, que velaban las vigilias de la noche sobre su rebaño” Lucas 2:8

 

El nacimiento de Cristo, la bendición de los salvados, la misa, la vigilia de los pastores y los ángeles… No me dirán que, al fin y al cabo, la iconografía de la Navidad no es, si más no, misteriosa. Un halo de enigmáticas circunstancias la rodea. Si algo es la Navidad, para creyentes y profanos, es misteriosa. Resquebrajada o no, la fe llena de propósitos los estantes de nuestras casas, las que habitamos y las que nos habitan. He aquí el misterio.

El misterio del mal: el mal por definición o el mal por necesidad, el mal que vive de ser el mal, a través de los crímenes, las drogas, a través de las armas, a través del comercio de las armas y las drogas, buscando la debilidad de los demás. El mal como elemento metafísico que ha acompañado siempre al ser humano. Carencia de bondad, calamidad intrínseca, disparo ciego, impulso innato o maquinación universal. Al fin y al cabo, todos tuvimos al diablo como primo hermano en algún momento.

Don Winslow iluminó el camino con su narco portento, El poder del perro, y después con Muerte y vida de Bobby Z. He ahí un mapa detallado del infierno. Cualquier misterio del alma humana que no puede ser expresado racionalmente está ahí incluído.

Michael Marshall con su trilogía:  Los hombres de paja, Los muertos solitarios y la tercera, La sangre de los ángeles, por aparecer. Misterios que ya desde el principio de la historia se entrelazan en la génesis de esa oscura trilogía: mientras Ward Hopkins investiga todo lo que rodea la supuesta muerte de sus progenitores -después de encontrarse cosida en la butaca favorita de su padre una nota en la que ve escrito “No estamos muertos”-, la agente del FBI Nina Baynam y el ex detective de homicidios John Zandt reanudan la búsqueda de un asesino en serie cuya firma es inconfundible: les corta el pelo a sus víctimas y con él borda sus nombres en suéters que después manda a sus padres. Puede que las investigaciones médicas y neurológicas ahuyenten -afortunadamente- algunos de esos misterios, pero incluso el más experimentado de los psiquiatras / psicólogos / científicos / escrutador del alma humana podría quedarse pasmado ante el misterio de los psicópatas: el mal porque sí.

Jake Arnott y sus Delitos a largo plazo, las Canciones de sangre, los Crímenes de película. Misterios más frívolos, quizás, pero misterios al fin y al cabo, los que encontramos en la trilogía del West End londinense. El mal social, el mal mafioso, el mal criminal.

El misterio cotidiano: cotidiano pero no precisamente anodino. Los relatos de Ross MacDonald, recopilados en ese El expediente Archer del que tan orgullosos estamos: he ahí los misterios psicológicos con los que debe enfrentarse Lew Archer, él mismo un laberinto para su propia consciencia. Crímenes pasionales y engaños variopintos que llevarán al detective a conocer mejor la psicología humana, y sus propios motivos.  

El joven escritor Michael Koryta, con Esta noche digo adiós y El lamento de las sirenas. Edificios en llamas, falsas acusaciones, tramas mafiosas de escándalo. Lincoln Perry, un detective privado sin duda diferente, descubrirá a través de sus investigaciones cuánta más corrupción de la que él mismo imaginaba se esconde tras los límites de Cleveland, una ciudad misteriosa.

John Godey y su intrigante Pelham uno dos tres: paradigma del misterio cotidiano. Los pasajeros de un vagón del metro de Nueva York son secuestrados por cuatro hombres encapuchados que piden un millón de dólares. Son claros con las fuerzas policiales: cada minuto que pase de la hora pactada, matarán a un rehén de los diecisiete pasajeros del vagón. Un misterio cotidiano tan potente que, tras su publicación, en 1973, el sistema de seguridad de la red metropolitana de Nueva York tuvo que ser revisado.

El misterio de la muerte: lo definitivo. El lugar hacia el que los mismísimos cowboys cabalgaban, Oeste final, dama blanca hacia la que nos postramos.

Está claro, aquí hay un nombre propio. Stephen Woodworth y sus Ojos violeta, las Manos rojas. Qué mayor misterio, incluso, que el de la comunicación entre los vivos y los muertos, a través de Natalie Lindstrom, la ojos violeta perpetuamente aterrorizada por sus visiones, capaz de mantener un contacto demiúrgico, médium a su pesar, entre los que se han ido y los que permanecen… obviamente requerida con finalidades criminológicas por esa habilidad.

Simon Beckett en La química de la muerte. El antropólogo forense David Hunter se aisla en un pueblo perdido en las ciénagas del condado de Norfolk, Inglaterra, tras una tragedia irreparable; allí, unos niños hallan el cadáver en avanzado estado de descomposición con unas alas de cisne intactas pegadas a la espalda. ¿Existe un punto de partida más misterioso que éste?

Y ese híbrido misterioso, en definitiva. El arte místico de limpiar los rastros de la muerte, de Charlie Huston, o cómo hacer que la vida de un colgado cuyos servicios son requeridos para limpiar la escena del crimen acabe siendo algo divertido y perturbador al mismo tiempo.

Mención a parte para Sospechosos, la novela de David Thomson que probablemente sigue siendo un misterio para él mismo, y cuya poca repercusión es, sin duda, un misterio, un secreto. Algo todavía por descubrir.

Las pulsiones mórbidas y los tropismos varios que sacan a relucir los bajos fondos del alma humana no tienen fin. La producción es pletórica, diversificada, y uno se pregunta cuáles son las corrdenadas, cuál el misterio, que hace que ciertos fenómenos editoriales se conviertatn, justamente, en eso; por qué Larsson, por qué en su momento Dan Brown, qué estrategias narrativas usaron esos autores para provocar una determinada evolución en el mercado -por lo menos en el mercado- del amplio abanico en el que se ha transformado la novela policial.

Muertes, crímenes pasionales, mafias del narcotráfico, mujeres fatales, psicópatas empedernidos y policías corruptos. Según la tradición cristiana, los Reyes Magos hicieron un largo recorrido para llegar a adorar al niño Jesús; sea cual sea el recorrido que tengamos que hacer durante estas fiestas, y en los tiempos venideros -mal agüero-, siempre nos quedará el misterio.

Quizás los reyes magos, misteriosos ellos, escondidas entre el oro, el incienso y la mirra, hubieran llevado novelas de Roja y Negra durante su periplo hasta llegar al mayor de los misterios.

 
 
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