
Desde que el mundo es mundo y la novela policial es novela policial, uno de los procesos más truculentos pero también más habituales en las novelas y las películas que nos gustan ha estado trufado de esos momentos epifánicos en los que un antropólogo forense, un policía, un investigador disecciona un cadáver, identifica un cuerpo, reconoce a una víctima. Estos han sido y seguirán siendo sintagmas familiares en las escenas que referimos.
Y de eso hay también en la novela de Simon Beckett La química de la muerte, que de hecho arranca en su versión primigenia de un artículo que el autor escribió tras una visita a la Granja de Cadáveres de Tennesse, Knoxville. Si sumamos el aparato logístico de Six Feet Under con los de CSI y la pericia deductiva de Sherlock Holmes aplicada a la antropología forense, tendremos la peripecia de David Hunter, el protagonista de esta primera novela forense de Beckett.
En ella nos encontramos términos tales como adipocira, CTD, es decir, cronotanatodiagnóstico o análisis espectroscópico. A través de las investigaciones paralelas que por su parte lleva a cabo Hunter -no en vano Hunter, este particular neo Sherlock Holmes de la muerte que arrastra tragedia personal recurrente en pesadillas- en el presuntamente apacible pueblo de la campiña inglesa de Manham -la estela de Twin Peaks es alargada-, uno se ve sumido en ese ambiente de marjales reveladores entre bosques inquietantes, descomposiciones, identificaciones de cuerpos, personajes misteriosos y un cura dispuesto a escampar rumores en pro de un maniqueísmo de dudosa religiosidad.
Todo eso puebla el pueblo de Beckett. El crepúsculo hecho novela de misterio. Pasen e identifiquen ustedes mismos lo que haga falta.
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