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Está claro que lo siniestro atestigua nuestra forma de ver el mundo. Desde que el sagaz inspector Dupin de Edgar Alan Poe llegara a la conclusión que la archibuscada carta robada en realidad no estaba escondida sino a la vista, presente en la sala del hotel minuciosamente revisado, y Cortázar, entre otros, recogiera ese legado revisitándolo y situando en pleno hogar familiar un tigre que anda suelto inquietando al ojo lector, las múltiples facetas de lo siniestro se han ido instalando en el imaginario literario.

 Twin Peaks, del lúcido David Lynch, marcó el camino de lo audiovisual. Una capa siniestra que embadurnaba la aparentemente tranquila e inocente vida en el pueblo de la América profunda. Y este legado, en cierto sentido, es el que parece haber heredado Michael Marshall en su novela Los hombres de paja, la primera de una trilogía que va a completarse con la publicación, en este mismo sello criminal, de Los muertos solitarios y La sangre de los ángeles. Tanto Twin Peaks como los psicópatas que pueblan las novelas de Marshall se encuentran en la encrucijada de lo siniestro, ese espacio indecible en el que la locura vive entre nosotros.

Mientras suena de fondo la banda sonora de Hair, icono hippie, el lector atiende pasmado con Ward Hopkins, el aturdido protagonista de esta Los hombres de paja, a lo que las inquietantes grabaciones en cintas de vídeo van revelando de sus propios progenitores. Marshall pone en escena el bien y el mal, el caos y el orden. Hurga, una vez más, en lo siniestro.

La famosa frase shakesperiana del detective Sam Spade en la inspirada versión cinematográfica que John Huston dirigió de El halcón maltés bien podría servir para dar rienda suelta al mundo realista pero onírico y terrible que Michael Marshall describe en su libro. “The stuff that dreams are made of”, o para el caso, “The stuff that nightmares are made of”…

 

 
 
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