Maurice Leblanc (1864-1941), prolífico escritor francés, creador del elegante ladron de guante blanco Arsène Lupin, explica en texto autobiográfico que una vez superado el servicio militar y tras haber estado un tiempo en el extranjero, sin vocación concreta, fue mandado por su padre a la fábrica de unos amigos. Entre el tumulto de las máquinas, el joven Leblanc encontró refugio en un rincón del desván. Parece que allí, en un altillo de la fábrica de los Miroude-Pichard, Maurice Leblanc, lápiz y papel en mano, usando como mesa sus propias rodillas, se puso a escribir compulsivamente. Mientras abajo las máquinas rugían, arriba él se aislaba y aprendía con turgencia el esfuerzo de la escritura.
Tiempo más tarde, y habiendo asumido ya que lo suyo no era la industria, el joven Leblanc asistió a un acto en una plaza de Rouen en la que se glorificaba al ínclito Gustave Flaubert. Entre el tumulto de personas y personajes, Leblanc se fijó en sus cuatro héroes: Goncourt, Zola, Maupassant y Mirbeau. El foulard de Goncourt, el binoclo de Zola, el bigote de Maupassant… Saltándose las normas de casa, Maurice se metió en el tren que devolvía a esos ilustres escritores a París, esperando colarse en su compartimiento y sostener avivada conversación con ellos. Dormidos al acto (Zola, Maupassant, Goncourt y Gustave Toudouze, que había reemplazado a Mirbeau), el joven Maurice restó despierto e iluminado por sus ronquidos.
Quizás, y aunque la versión oficial dice que se inspiró probablemente en el anarquista francés Marius Jacob, algo en esos dos momentos verticales provocaron el nacimiento de Arsène Lupin. Escribiendo en el altillo del desván de la familia amiga de sus padres, y viajando en tren, despierto entre dormidos, en el mismo compartimiento que sus héroes literarios. Quizás de la turgencia escritora en el contexto de las máquinas de esa fábrica en la que trabajó unos meses y de ese trayecto en tren con las glorias literarias que admiraba surgiera ese artefacto literario que tanta popularidad le dio. Grafómano impenitente, desde que empezara a relatar los avatares de Arsène Lupi, Leblanc ya nunca cesó de escribir.
Misterios psicológicos e intrahistóricos de las biografías de los grandes escritores de novela negra de todos los tiempos que albergan la génesis de sus personajes. Epifanías, quizás.