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Cómo empezó todo… en el mundo francófono. Hoja de investigación número 1. Georges Simenon/Jules Maigret: de Lieja al mundo

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Hace mes y medio, en hoja de investigación fechada en 23/09/11, por toda imagen del crimen un ojo reconocible -el de uno de los más Perdidos, Jack-, se habría en este dossier policial una investigación, o quizás, en palabras del inspector jefe, que es un poco pedante, deberiamos decir, una metainvestigación: la génesis de, precisament, los que investigan. Cómo los escritores fundan, epifánica o premeditadamente, a sus detectives privados. Sigamos esa pista empezando por Bélgica.

Año 1919. En la tranquila ciudad de Liège, un sujeto de tan sólo 16 años de nombre Georges y apellido Simenon es contratado como ‘chico para todo’ en la Gaceta de Liège. Cuenta en su inocente ficha con dos antecedentes criminológicos: pastelero y librero. En este último caso, tardó solamente un mes en ser despedido – librería Georges, calle de la Catedral. Pero ahí es donde su mayor golpe criminal va tomando cuerpo, durante esos tres años en la Gaceta de Liège; ahí Georges Simenon curte su andadura novelesca. Tan sólo seis meses después de su entrada, le encargan al joven Simenon el cometido de escribir cada día una sección -firmada con el pseudónimo M. Lecoq- llamada “Hors du poulailler.” Crónica de sucesos. Es a través de las noticias que el audaz Simenon, seguidor del Rouletabille de Gaston Leroux -“llevaba un impermeable, un sombrero estudiadamente doblado en la frente y fumaba una pipa corta para imitarle”-, de quien precisamente hablaremos en breve en este dossier, es a través de esas noticias varias, de la crónica de sucesos, decíamos, que Simenon aprende el oficio. Sin duda, el olfato de Maigret, su capacidad para meterse en todas partes, su oficio, le lleva a darse de cuenta de su potencial criminal. Los llamados chiens écrasés: Simenon asistía a conferencias de todo tipo, iba montado en una Harley persiguiendo las carreras ciclistas, cubría dramas sórdidos de todo tipo -desde crímenes de cierta envergadura a cuestiones domésticas-, era testigo de los tejemanejes de la política europea, sentado en el rincón más escondido de la mesa del desayuno de grandes figuras políticas del momento como Foch, Poincaré o Churchill… En definitiva, el mejor preámbulo para la vida de un novelista: se tocaba de todo y podía desarrollar una gran capacidad para escribir rápido.

Simenon abandonó La Gazette de Liège en diciembre de 1922 para hacer de secretario de Binet-Valmet, un escritor mediocre y algo reaccionario. Y tras ese trabajo de transición, digamos, el todavía jovencísimo Simenon se puso a escribir enfervorizadamente para un revolucionario Eugène Merle. Eugène Merle organizaba desayunos en su castillo de Avrainville y regentaba tres periódicos: Frou-Frou, Paris-Soir y Le Merle Blanc. En esa época, Simenon llegó a escribir siete cuentos por día y a usar diez o doce pseudónimos diferentes para, en defintiva, acabar escribiendo muchas de las páginas de Frou-Frou, por ejemplo, porque el diario era deficitario. Qué duda cabe que de esa combinación, de los sucesos de la gaceta al oficio de los periódicos de Eugène Merle, Simenon desarrolló una capacidad inaudita por escribir con una regularidad que muchos quisieran, y hacerlo con audacia y sentido común.

Pero eso era sólo el inicio. En 1928, inicia un largo viaje en gabarra que aprovecha para sus reportajes; Simenon descubre el mar y la navegación, que será una constante a lo largo de toda su vida y en 1929 emprende un viaje por los canales de Francia , a bordo del barco “Ostrogoth” en el que vive hasta 1931. En 1930, en una serie de novelas cortas escritas para Détective, por encargo de Joseph Kessel, aparece por primera vez el personaje del comisario Maigret.

El comisario Jules Maigret había nacido en el año 1887 en el pueblo ficticio de Sant-Fiacre y había empezado medicina en Nantes, el 1907. El año siguiente abandona la carrera y se traslada a París, ciudad en la cual ejercerá de comisario durante toda su vida. La primera novela que protagonizaría, en 1931, lleva por título Pietr-le-Letton, aunque unos años más tarde, el lector de Simeno podría conocer el primer caso de Maigret, del 1913, a través de las páginas de, ni más ni menos, La primera investigación de Maigret. Sea como fuere, la leyenda había nacido. Simenon había encontrado la causa literaria que colmaría toda su carrera de escritor.

“Al principio, el comisario Maigret era bastante simple. Un plácido hombre regordete que, él también, creía más en el instinto que en la inteligencia, incluso más que en las huellas dactilares y otras técnicas policiales. Lo usaba como regía la obligación detectivesca, pero sin creérselo demasiado. Poco a poco, Maigret y yo acabamos por parecernos un poco, sí. Sería incapaz de decir si fue él quien se fue acercando a mí o si fui yo el que se acercó a él. Ciertamente, él ha tomado algunas de mis manías como yo he acabado tomando algunas de las suyas.”

Palabra de Simenon. O de Maigret.

Primera aparición en la escena del crimen: oficialmente en 1931 con Pietr-le-Letton pero clandestinamente en 1929 y 1930, ya, en algún que otro cuento.

Casos resueltos: 78 novelas y 28 cuentos, entre 1929 y 1972.

Acta de defunción: Febrero de 1972, con Maigret et Monsieur Charles.

Pasaje a la eternidad de las letras universales. No en vano, Simenon está incluso en la muy ínclita colección de Gallimard, la Bibliothèque de la Pléiade. Sería injusto no citar, a parte y de forma muy destacada una página web prodigiosa al respecto.

http://www.trussel.com/f_maig.htm

La comisaría central, sin duda, en lo que a Maigretología respecta.

Cómo empezó todo

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¿De qué dependen los inicios de las historias? ¿Cuál es el chispazo que pone en funcionamiento el mecanismo? A veces parece que un escritor tuviera en mente determinada imagen -como contaba Faulkner que le pasó con The Sound and the Fury- y que a partir de ahí desarrollara toda una película para contextualizarla; a menudo parece que el inicio de las historias estuviera rodeado de una serie de habilidades técnicas que la acabaran situando en un contexto. Pero más que el inicio, en el caso de según qué personajes… ¿dónde está la génesis? ¿Cuál es el impulso que conduce a un escritor a inventar un detective privado?

Podríamos aludir a Carlo Ginzburg, que hablaba de “paradigma de inferencias indiciales” o a Clifford Geertz con sus claves en La interpretación de las culturas. Pero en realidad, más acá de esas respetables conjeturas -teóricos impenitentes-, uno busca, cual detective, la epifanía vital que llevó a Agatha Christie a crear a Hercule Poirot; en qué momento Arthur Conan Doyle dijo ‘a partir de ahora voy a ser Sherlock Holmes’; cuál fue el estímulo que provocó en Georges Simenon inventar a Maigret; qué se esconde tras la génesis del padre Brown de Chesterton; por qué Philip Marlowe?

En realidad las novelas policíacas son, en este sentido, un género trillado. Para quien quiera jugar a hacer de crítico genético, es nada más que un ejercicio casi narrativo descubrir los momentos en los que los detectives fueron inventados, y a qué razones responde su invención. No en vano a veces, el lector poco iniciado puede que sepa más del personaje que del autor, como pasa con según qué canciones famosas. Hasta ahí llega el alcance de esa invención. Hay libros que hablan de ello, buscando las pistas. Hay páginas web dedicadas exclusivamente a los personajes en cuestión.

Éste es el primero de algunos escritos que estarán exclusivamente dedicados a esos inicios, buscando las huellas dactilares de los detectives francófonos, los del Reino Unido y los del callejón americano, con un artículo especial dedicado exclusivamente a desenterrar los motivos de los personajes propiamente rojynegros.

Más allá del crítico genético, aquí el redactor del gabinete de investigación se interesará por el proceso -o más que proceso, chispazo, quizás- a partir del cual un determinado escritor de novela policíaca inventa un detective y a partir de ahí dedica su existencia en cuerpo y alma a su alter ego.

Pónganse la gabardina. Están todos invitados a esta conspicua investigación.

Epifanías, quizás

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Maurice Leblanc (1864-1941), prolífico escritor francés, creador del elegante ladron de guante blanco Arsène Lupin, explica en texto autobiográfico que una vez superado el servicio militar y tras haber estado un tiempo en el extranjero, sin vocación concreta, fue mandado por su padre a la fábrica de unos amigos. Entre el tumulto de las máquinas, el joven Leblanc encontró refugio en un rincón del desván. Parece que allí, en un altillo de la fábrica de los Miroude-Pichard, Maurice Leblanc, lápiz y papel en mano, usando como mesa sus propias rodillas, se puso a escribir compulsivamente. Mientras abajo las máquinas rugían, arriba él se aislaba y aprendía con turgencia el esfuerzo de la escritura.

Tiempo más tarde, y habiendo asumido ya que lo suyo no era la industria, el joven Leblanc asistió a un acto en una plaza de Rouen en la que se glorificaba al ínclito Gustave Flaubert. Entre el tumulto de personas y personajes, Leblanc se fijó en sus cuatro héroes: Goncourt, Zola, Maupassant y Mirbeau. El foulard de Goncourt, el binoclo de Zola, el bigote de Maupassant… Saltándose las normas de casa, Maurice se metió en el tren que devolvía a esos ilustres escritores a París, esperando colarse en su compartimiento y sostener avivada conversación con ellos. Dormidos al acto (Zola, Maupassant, Goncourt y Gustave Toudouze, que había reemplazado a Mirbeau), el joven Maurice restó despierto e iluminado por sus ronquidos.

Quizás, y aunque la versión oficial dice que se inspiró probablemente en el anarquista francés Marius Jacob, algo en esos dos momentos verticales provocaron el nacimiento de Arsène Lupin. Escribiendo en el altillo del desván de la familia amiga de sus padres, y viajando en tren, despierto entre dormidos, en el mismo compartimiento que sus héroes literarios. Quizás de la turgencia escritora en el contexto de las máquinas de esa fábrica en la que trabajó unos meses y de ese trayecto en tren con las glorias literarias que admiraba surgiera ese artefacto literario que tanta popularidad le dio. Grafómano impenitente, desde que empezara a relatar los avatares de Arsène Lupi,  Leblanc ya nunca cesó de escribir.  

Misterios psicológicos e intrahistóricos de las biografías de los grandes escritores de novela negra de todos los tiempos que albergan la génesis de sus personajes. Epifanías, quizás.