Maurice Leblanc (Rouen, 1864 – Perpignan, 1941) es uno de esos escritores casi anónimos -a no ser que uno sea francés, de Rouen, para ser más precisos-, vampirizados por su personaje más famoso. De modo que -bien por azares televisivos, bien por prodigios cinemaotgráficos- es mucho más conocido su gentleman cambrioleur Arsène Lupin, mucho más que él mismo. Y a pesar de ello, sin duda, la gènesis escritora de Maurice Leblanc, su forja como escritor, es verdaderamente interesante. En ese proceso hacia la escritura, repasando su biografía, iluminamos con foco dos momentos claramente epifánicos.
Momento epifánico I – Con el servicio militar cumplido y tras 18 meses vagando por el mundo, Maurie Leblanc pone en manos de su padre su futuro profesional. Ello provoca que el joven Leblanc entre a trabajar en una fábrica del ramo de la industria textil perteneciente a los Miroude-Pichard, una familia amiga. En esa fábrica, dedicada concretamente a la producción de cardados, Leblanc ve su ingenio sometido a una faena mecánica i repetitiva, desarrollada en un espacio de talleres anchos, llenos de máquinas traqeuteantes. Pero el joven Leblanc tiene su escondite. En la buhardilla de la fábrica de cardados, un desván solitario que habían habilitado los operarios a modo de baño servía para dar rienda suelta a la imaginación. Encerrado en ese cuartucho, retrete y fregadero al mismo tiempo, una silla, papel y lápiz y las rodillas por mesa eran suficiente material para poner en marcha esa otra maquinaria, la de la escritura, que Leblanc llevaba ya turgente cuando traginaba los tejidos abajo en los talleres. El joven aprendiz en cardados -la metáfora es fácil y rápida-, encerrado en esa buhardilla, hacía desaparecer el ruido constante de las máquinas. Un rectángulo de cielo dibujado por una claraboya dibujaban su horizonte: inabarcable. Desde ahí, Leblanc escribió sus primeros poemas, cuentos, ensayos, anécdota, notas, confesiones, descripciones… He ahí un joven que sustiyuó el claqueteo precipitado de las máquinas por la redacción frenética de sus textos. Un escritor incipiente, sin duda alguna.
Momento epifánico II – Algún momento anterior a 1880 en Rouen. Se glorifica a Gustave Flaubert en la plaza Solférino. Maurice acude al acto emocionado. Llueve. Y aunque el joven admirador de Flaubert y compañía tiene recuerdos muy vagos del acto en sí, es capaz de relatar en alguno de sus textos autobiográficos lo que ocurrió una vez terminado el acto. Tras la copiosa comida, Flaubert debe volver a París, en tren; y acompañan al maestro, en comitiva, otros escritores: Zola, Goncourt, Maupasant, Mirbeau. Dioses en un vagón de pimera. Leblanc, consciente de estar frente a una ocasión única, espera en la estación y, dispuesto a contravenir las exigencias horarias paternas -llegando mucho más tarde de lo previsto a su casa-, se mete en el tren como un pasajero más y consigue compartir vagón con esos semidioses. Sentado junto a Maupassant, delante de Zola, el joven Maurice, con un par de textos en los bolsillos, espera. Espera atento a todas las palabras, a cualquier mirada. Pero los escritores también hacen la digestión, y parece que tras la copiosa comida, lo que tienen ganas de hacer verdaderamente en el vagón es dormir. Unos primeros ronquidos acompasados de Goncourt sumen al resto en un descanso mortuorio. Y ahí está Leblanc, atento a los ronquidos, turgente con sus textos en los bolsillos, al compás del traqueteo del tren en un pasaje a París con billete de ida y vuelta.
La vibración constante de las máquinas de cardar amortiguados a través de la escritura en el desván de la fábrica de cardados, los ronquidos de Goncourt al sonido del traqueteo del tren: un festival rítmico que, sin duda, debió tejer en el inconsciente de Leblanc un abanico de posibilidades.
Pasado un tiempo -no mucho- en la fábrica de tejidos -esa noche, por cierto, su padre se dio cuenta de la verdadera pasión de su hijo, bronca incluída-, Maurice Leblanc se fue a París, a imbuirse de la prensa y del teatro. Rápidamente empieza a ejercer de periodista, y escribe algún cuento, alguna novela, sin mucha repercusión… hasta que Pierre Laffitte, responsable de la revista Je sais tout, le pide el año 1905 que componga una novela policial con un equivalente al Sherlock Holmes inglés. Maurice Leblanc, que quería ser -palabras textuales- el ‘novelista de la vida delicada de las almas’ hacía su primer paso en el mundo de la literatura policial. Arsène Lupin acababa de nacer.
Desde entonces, escribió frenéticamente historias protagonizadas por el ladrón de guante blanco, Arsène Lupin, como suele pasar con los escritores que descubren en la creación de un alter ego un mundo de posibilidades. Hay un diccionario Arsène Lupin -Jacques Derouard, Dictionnaire Arsène Lupin, Encrage, 2001- y aunque Leblanc intentó matar a su héroe en la novela 813, el año 1910, éste resucitó en Le Bouchon de cristal, Les Huit Coups de l’horloge… En una ocasión, un poco saturado, el mismo Leblanc tuvo que declarar ‘Lupin, ce n’est pas moi !’, pero lo cierto es que con él recorrió innumerables intrigas francesas.
En el año 1964 se publicó en francés un ensayo sobre literatura policial muy bien considerado por los expertos en la materia, del dueto Boileau-Narcejac. Ahí, leemos :
‘Bajo la influencia de Leblanc, es una determinada manera colectiva de soñar
lo que cambia. Hay la novela popular, el folletín de antes de Lupin y hay, entonces, la novela policial. Antes, el melodrama hacía estragos, con los niños secuestrados, los reconocimientos patéticos, sus casos desgarradores alrededor de la conciencia, las tempestades bajo el cráneo [···]. Y entonces, ¡qué gran transformación! La acción se vuelve búsqueda. Es el razonamiento quien la lleva a cabo con rapidez desconocida y giros de situación sorprendentemente nuevos.’
Parece que lo que Leblanc vio a través de la claraboya al sonido de las máquinas de tejer, los ronquidos que con una sonrisa debió escuchar rodeado de sus héores enun vagón de tren, valieron la pena.
