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Una de las certezas detectadas ya desde su nacimiento y vigente hasta el momento actual que se le otorga a la novela negra, sin duda, y que es además tácitamente aceptada por escritores y lectores, es que ha servido como reverso verdadero de las apariencias sociales. Falsas y, eso, aparentes. Con mucha más efectividad que el periodismo -cuarto poder al alza: a menudo uno se pregunta cuándo y cómo surgió tal generoso epíteto…- tanto las intrigas de las damas inglesas -Agatha Christie, Dorothy L. Sayers o la muy novelesca Anne Perry- como las novelas atmosféricas de los escritores americanos de la tradición hardboiled, con sus inicios en la célebre pulp magazine “Black Mask”, han servido como indicadores de las injusticias sociales y los prejuicios morales de su momento, sintagmas no por cacareados menos cuestionables. Algo que hermanaría la novela negra incluso con el género, surgido en el mundo del cómic y elevado hasta la máxima potencia en el cinematógrafo, súperheroico. Ahí es nada.

Ya el inconmensurable Sherlock era algo así como el tapete bajo el que las familias victorianas dejaban acumulado el polvo que no querían barrer bien, y las intrigas de Dashiell Hammet no dejan de ser la cantidad de cosas que no funcionan de la sociedad americana, en síntesis, puestas ahí. Ya lo dijo el ínclito Gilles Deleuze en reflexión chovinista alrededor de la aparición de la Série Noire, el año 1945, en el sello editorial francés Gallimard: “Lo que era nuevo, como uso y explotación literaria, era de entrada enseñarnos que la actividad policial no tiene nada que ver con una búsqueda metafísica o científica de la verdad. [···] Se trata más bien de una sorprendente compensación de errores.” La traducción es circunstancial, y sale del texto “Philosophie de la série noir” (1966), dentro del volumen L’Ile déserte et autres textes, Éditions de Minuit, 2002.

Mempo Giardinelli habla de ello audazmente en su ensayo, por desgracia desaparecido. Actualmente vienen brisas heladas de los países nórdicos, y haciendo un ejercicio sociológico fácil podrían extraerse las conclusiones que cada cual crea necesarias. La mafia italiana, con Camilleri a la cabeza, está ahí. De América siguen surgiendo intrigas políticas. Y siguen reimprimiéndose los clásicos hardboiled y lo de las intrigas victorianas. Será porque la buena literatura, como la injusticia social, nunca pasa de moda.

El cuarto poder no fue nunca título digno del periodismo; catártica, terapéutica, incluso consoladora, la novela negra es el verdadero cuarto poder.

 
 

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